domingo, 11 de mayo de 2008

Esas noches largas

A pesar que el sol no ha abandonado sus pretenciones veraniegas, lo cierto es que sus fuerzas ya no alcanzan para andar tantas horas por el cielo. Cada dìa compruebo con fascinación como al salir de la oficina los días se hacen más oscuros.

Hay un tinte rojizo frio que se ha instalado en esta ciudad, como si se estuviera invocando la lluvia con algo de vergüenza. Y yo, me siento un buen rato en ese balcón del departamento que en el verano pocas veces quise ocupar. Y es que no es una alternativa sumergirse en la fantasía del colchón. Por el contrario, el amor me ha hecho salir a dar algunas vueltas cuando ya ha caido la noche así que desde la ventana me asomo para buscar la mejor vereda que pisar.

Esa noche que es cada vez más larga, que necesita velas más gordas para sostener el romanticismo. Esa noche que prende los faroles del centro con mayor ahínco, que me invita a aventurarme en la oscuridad de sus rincones, en las figuras que aprecen desde la penumbra.

Antes de dormir, para poder hacerlo realmente tranquilo, preciso una oración y una petición compacta. Cruzar el umbral de la hombría es abandonar la perspectiva heroica para adentrarse en las propias sombras (como diría Carl Jung), es contar los secretos que han permanecido como cuentos en la cabeza por bastantes generaciones, por muchas reencarnaciones de mi alma. La noche ennegrecida es tan oscura como ese rincón que me asusta mostrarte, pero es tanmbién el lugar donde pululan otros espíritus, otros pobladores de las calles que he recorrido.

No son demonios, porque me vivo cerca de una iglesia que recorta sonoro su carillón contra la tarde. Tampoco son muertos, porque el cementerio queda lejos y la casa está vacía; porque en esas visitas que no tienen regreso, en ese peregrinar por el metro camino de tu casa, hay una búsqueda que me aleja de esos fantasmas. Y quizás yo estoy a punto de ser como uno de esos, recorriendo con los dedos fríos el contorno de tu espalda mientras te exijo la vida.

Espíritus perdidos salen a nuestro encuentro, tú con tu nerviosismo, yo con mi melancolía que a veces arranca suspiros. Pero tengo la intuición que vivir en estas latitudes tiene la fortuna de exponernos a nuestros propios ciclos de luces y sombras. Caminando hacia el invierno busco tu calor ya casi sin darme cuenta: lo que tengo absolutamente claro es que esta vez, no miraré llover solo.

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